"El hombre piensa porque tiene manos".
Anaxágoras
Cuando en el proceso evolutivo el hombre alcanzó la posición erguida y las manos quedaron liberadas de su función locomotora, creció el cerebro y más exactamente la corteza cerebral en la que se localiza la capacidad de asociación. Entonces, dicha facultad (hace unos 4 millones de años) condujo a un considerable aumento de la inteligencia, a la comparación de los actos de los demás con los propios y a la contemplación de uno mismo.
El cerebro humano comenzó a ocuparse de sí mismo y de las posibilidades de actuar sobre el entorno. La herramienta de dicha acción fue, sobre todo, la mano. Mano transformadora, creadora, inventora, fecunda. Capaz de convertir una rama en arma, la piel de un animal en vestido, las piedras y los árboles en cuevas, en casas. Mano capaz de encender el fuego y convertirlo en su servidor. Mano para dar forma a los recipientes, fabricar adornos, construir tambores.
Según el paleontólogo H. Hass, "este momento de la evolución nos convirtió en seres humanos. Sólo gracias al desarrollo de la corteza cerebral escribimos con la mano, inventamos máquinas que son extensión de las manos. Sólo mediante la vinculación con el órgano rector del cerebro, la mano se convirtió en el órgano más humano y sin duda, como lo prueba la actualidad, en el más inhumano. La técnica, la industria, la economía, la organización, la cultura, el arte, la ciencia son prolongaciones funcionales de nuestro cuerpo realizadas por las manos. Estas, unidas a nuestro desarrollado cerebro, crean todo lo que nos conducirá, posiblemente, a una destrucción de la vida".
Las manos están asociadas, precisamente, a las artes, los oficios, la técnica y todo aquello que implica poiesis, creación, transformación, fecundidad, trabajo.
Así, en su característico tono contestatario, en contra de la producción como una forma de esclavitud espiritual en las sociedades occidentales modernas, el poeta francés Arthur Rimbaud escribió en el siglo XIX, a propósito de las manos como símbolo del trabajo capitalista: "Me horrorizan todos los oficios. Patrones y obreros, todos plebe, innobles. La mano que maneja la pluma vale tanto como la que maneja el arado. ¡Qué siglo de manos! Yo nunca tendré mano".
Una especie tan inteligente como el delfín parece condenada a permanecer en una actitud pasiva frente a su entorno, por la carencia de manos. En cambio, el hombre posee la capacidad y la potencia de hacer, fabricar, construir, inventar, diseñar delicadas y finas formas cambiantes a partir de materiales a veces toscos, rígidos y brutos que ductiliza y maleabiliza con sus manos hasta dominarlos y extraerles el alma.
Para el pianista de jazz Edy Martínez, "Las manos son la maquinaria y el mecanismo de la espontaneidad, dictando en su obra de arte la expresiónde la realidad, la fragilidad y el peligro". O, al decir de Ludwig Wittgenstein: "Tocar el piano: una danza de los dedos humanos".
Las manos, también, han estado al servicio de la guerra, la destrucción, el caos. La misma mano que acaricia un cuerpo desnudo, agrede o estrangula con gran eficacia, porque el ser humano ha perfeccionado "el asesinato como una de las bellas artes", diría el escritor inglés Thomas de Quincey.
En este sentido, expresa el novelista y poeta Héctor Rojas Herazo: "Son las manos las tesoreras y los instrumentos de una posible realización de nuestras apetencias. Se acaricia, se crea, se ama o se delinque con ellas. Son las intranquilas y solícitas conductoras del ensueño, de la bendición, de la amenaza, del entusiasmo, del odio. Construyen o destrozan por igual".
La mano del jardinero, del amante, del titiritero, del escultor, del carpintero, de las costureras, del prestidigitador, del músico, en fín, las manos que proyectan sombras chinescas o hacen pájaros de papel, las manos del cirujano, del cartógrafo, del mendigo, del peleador, del homicida, del estafador, del carnicero, del labriego, del invidente, de la prostituta, del onanista, del sanador, del ladrón, del cartero, del escritor, del maquinista, del dipsómano, del enterrador. Las líneas de las manos dibujan el porvenir, dice la gitana. Las manos son más rápidas que la vista, anuncia el mago.
"Quiero hablar de esa mano indiscreta, que se adelanta a la prudencia señalando el gesto banal de una arquitectura sin amor, porque es la misma que estalla en aplausos involuntarios ante el espacio del Teatro Olímpico de Vicenza o se mueve sinuosa, en las escalinatas, al pie de unas torres, en un parque, en la ciudad entre montañas", así habla Juan Carlos Pergolis de esa mano del arquitecto que modela en el plano las dimensiones espaciales de la imaginación.
Comunicarse con las manos, como en el lenguaje de los sordomudos. Proyectar las profundidades del ser con las manos, en la expresión no verbal de quienes conversan, discuten o galantean. Señalar los deseos, indicar los puntos cardinales, golpear al enemigo, atrapar la pelota caliente, persignarse, injuriar, aplaudir, abrazar, apretar el gatillo, tocar el piano, saludar, despedirse, clavar el puñal, partir el pan, peinarse, arrojar la primera piedra. El verbo, la acción sólo es posible por las manos.
El titiritero Iván Darío Alvarez explica: "Gracias al poder creador de las manos he podido poblar a mi antojo las fantasías de seres reales e imaginarios, porque han sido mis manos, aliadas como poderosos racimos a otras, el alma secreta que da vida a mis personajes". Así, sería interminable el manual de oficios, la galería de manos que puebla de símbolos y significancias el mundo: estrellas de cinco dedos, pequeñas aspas, voz de los mudos, lentos molinos, guías en la sombra... Y, para finalizar, un poema de Aloysius Bertrand:
"El pulgar es ese gordo tabernero flamenco, de talante socarrón y picaresco, que se pone a fumar en el umbral de su puerta, debajo del rótulo de la doble cerveza de marzo.
El índice es su mujer, una marimacho seca como un bacalao que, desde que se levanta por la mañana no hace más que abofetear a su sirvienta, de la que está celosa, y acariciar la botella, de la que está enamorada.
El dedo corazón es el hijo de ambos, compañero mal desbastado, que sería soldado de no ser cervecero, y que sería caballo si no fuera hombre.
El dedo anular es la hija, la ágil e irritante Zerbine, que vende encajes a las damas y no vende sus sonrisas a los caballeros.
Y el dedo meñique es el benjamín de la familia, arrapiezo llorón, que siempre va agarrado a la cintura de su madre, como un niñito colgado del colmillo de una ogresa.
Los cinco dedos de la mano son el más mirífico alhelí que jamás bordeó el césped de la noble ciudad de Harlem."
* Profesor Departamento de Humanidades Eafit
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